Un ataque de una pandilla en Haití deja al menos 47 muertos
En la noche del 23 al 24 de agosto, más de 47 personas fueron asesinadas por pandillas armadas en Kenscoff, una localidad haitiana cercana a Puerto Príncipe. El obispo Pierre-André Dumas, vicepresidente de la Conferencia Episcopal, ha lanzado un llamado urgente al gobierno.
El ataque duró varias horas. Durante la «noche de terror» del 23 al 24 de agosto, bandas armadas atacaron, entre otros lugares, una iglesia evangélica que albergaba a personas desplazadas que habían huido de la violencia en Kenscoff, una localidad de unos 50.000 habitantes situada en las montañas cercanas a la capital, Puerto Príncipe. Aún se desconoce el número exacto de víctimas, pero supera los 47 muertos. Hay decenas más de heridos y desaparecidos.
En un comunicado publicado el 25 de agosto, titulado «¡Basta de masacres! ¡Ya basta! ¡Ya es demasiado! ¡Esto es insoportable!», el obispo Pierre-André Dumas, de la Diócesis de Anse-à-Veau-Miragoâne y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Católica, instó al primer ministro Alix Didier Fils-Aimé y a su gobierno a actuar de inmediato para proteger a los haitianos: «Señor primer ministro, llega un momento en la historia de una nación en el que guardar silencio se vuelve moralmente imposible», escribe el obispo Dumas, quien, en febrero de 2024, resultó gravemente herido en una explosión que sacudió la casa donde se alojaba en Puerto Príncipe.

“Ha llegado ese momento. Ya no podemos conformarnos con comunicados de prensa tras las masacres. La seguridad de la población no es un favor que concede el Estado: es una de sus obligaciones fundamentales”.
Unas líneas más adelante, pregunta: “¿Cuántas muertes más se necesitarán para que la protección de la vida humana se convierta en la prioridad absoluta del Estado haitiano? […] Haití no puede convertirse en un enorme cementerio […] Ha llegado el momento de actuar».
Concretamente, el obispo pide que «se establezca un plan nacional de emergencia, se determinen las responsabilidades, se ponga fin a la impunidad y se enjuicie a los responsables de las masacres». Por último, el prelado advierte: «Cuando se conocen de antemano las amenazas de una masacre, el Estado debe actuar con anticipación. Porque gobernar es prever».
Los tentáculos del control de las pandillas
El ataque de Kenscoff se produce en un contexto de extrema inseguridad. Las pandillas, que ya controlan el 90 % de Puerto Príncipe, así como las regiones estratégicas de Artibonite y Centro, continúan expandiendo su poder. Al imponer peajes en las principales rutas de tránsito, se han convertido de hecho en los amos del país, sembrando el terror en todo el territorio.
Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA), casi 1,4 millones de personas, entre ellas más de 741 000 niños, se encuentran desplazadas internamente. Se han registrado un total de 8.100 homicidios. La mitad de la población —6 millones de personas— necesita ayuda humanitaria.
En este clima de miedo y colapso total de las instituciones, la Iglesia también se ha convertido en blanco de esta violencia. En declaraciones recientes a la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN), el obispo Joseph Gontrand Décoste, de la Diócesis de Jérémie, describió el papel que desempeña actualmente la Iglesia en el país: «Somos el último muro de defensa: moral, ético, espiritual y profético… Por eso quieren eliminarnos».
El impacto en la vida de la Iglesia
Esta lacra que supone la actividad de las pandillas está teniendo graves consecuencias en el funcionamiento de las diez diócesis. En Puerto Príncipe han cerrado 40 parroquias, unas 10 en la Meseta Central y cinco en Artibonite. Aunque otras diócesis se han visto menos afectadas hasta ahora, temen el avance de las pandillas.
Como una de las muy pocas instituciones que se pronuncian en contra del control de las pandillas, la Iglesia es un blanco particular, como lo demuestra el asesinato de dos monjas de las Hermanitas de Santa Teresa del Niño Jesús el 31 de marzo de 2025, en la localidad de Mirebalais, en el centro de Haití. Los secuestros de sacerdotes y personal religioso también han sido un problema recurrente en los últimos años: solo en 2024, ACN registró 18 casos en el país.
Numerosas instituciones también han sido atacadas y posteriormente obligadas a cerrar, incluidas las casas provinciales de las Hermanas Salesianas, las Hermanas de Santa Ana, las Oblatas de María Inmaculada y muchas otras. Tras irrumpir en estos lugares, las pandillas les prendieron fuego o establecieron sus bases en su interior. Muchas escuelas católicas, algunas con más de un siglo de historia, han corrido la misma suerte, entre ellas centros dirigidos por las Hermanas Franciscanas de San Francisco de Asís, las Hijas de la Sabiduría y las Hermanas de la Caridad de San Luis.
En esta situación de inmensa angustia, la Iglesia continúa su labor, adaptándose constantemente a las circunstancias y manteniendo viva la esperanza, como lo demuestran los testimonios y los proyectos apoyados por ACN en diversas diócesis del país.
El obispo Pierre-André Dumas concluye su declaración con una extensa oración por las víctimas de Kenscoff y por Haití: «¡Que Dios consuele a Kenscoff! ¡Que Dios proteja a nuestro pueblo! ¡Que Dios salve a Haití!».
– Amélie Berthelin y Maria Lozano