Sudán del Sur: El obispo que devolvió la vida a su diócesis
Cuando el obispo Stephen Nyodho fue nombrado para la diócesis de Malakal, todo estaba destruido. No había edificios, ni servicios, ni rebaño. Con valentía y predicando con el ejemplo, comenzó a reconstruir: primero la confianza y luego la infraestructura.
La ciudad de Malakal, en Sudán del Sur, solía ser el hogar de decenas de miles de personas antes de que estallara la guerra civil en 2013, poco después de que el sacerdote Stephen Nyodho se trasladara a Roma para cursar su doctorado.
Cuando el papa Francisco nombró a Nyodho obispo de Malakal en 2019, el sacerdote se empeñó en ser ordenado en su ciudad natal. Pero nada lo había preparado para la devastación que se encontraría.
«Cuando regresé, no había nada, ni siquiera una silla o una mesa, nada», dijo durante una visita a la sede internacional de Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN) en Alemania. «Tuve que empezar de cero. Muchas iglesias, muchas capillas, incluidas todas las demás instituciones de la Iglesia, habían sido destruidas. No quedaba nada. Cuando lo vi por primera vez, lloré, porque esta era la ciudad donde nací, donde crecí. Pero mi casa, mi escuela, todo había desaparecido».

Solo quedaban unas 1,000 personas en la ciudad. El resto de la población se había dispersado, incluidas unas 50,000 personas que vivían en los campamentos de la ONU cercanos.
La noticia de que se iba a investir a un obispo en la diócesis volvió a llamar la atención. «Mi ordenación hizo que miles de personas regresaran para volver a ver Malakal», afirmó. «Desde los campamentos, desde Jartum, capital del [vecino] Sudán, regresaron por primera vez a ver Malakal después de la destrucción». Pero el obispo Stephen agregó que «incluso los obispos que fueron allí para la ordenación episcopal regresaron a Juba, capital de Sudán del Sur, el mismo día, porque no había dónde quedarse».
Sin embargo, el obispo Stephen se quedó y, para sorpresa de muchos, la vida comenzó a volver a Malakal. «El hecho de que me quedara en Malakal trajo esperanza. Ahora hay más de 20,000 personas. Casi todas las escuelas están abiertas y están llenas de niños. La vida está volviendo».
Mientras en Sudán del Sur se afianzaba una paz provisional, en 2023 estalló una guerra civil al otro lado de la frontera, en Sudán. Hubiera sido comprensible que la Iglesia decidiera que ya tenía suficientes problemas que afrontar en su propio país, pero cuando el obispo Stephen se enteró de que se estaban reuniendo multitudes al otro lado del Nilo Blanco con la esperanza de ponerse a salvo, no lo dudó, según contó. «Recibí una llamada de mi personal. Me dijeron que la situación era difícil, que había miles de personas a orillas del río que querían venir a Malakal. Estaban varadas, sin nada y agotadas tras su huida de Jartum».
«Les dije que no había problema y organicé el envío de nuestra gran embarcación para recoger a la gente y traerla a Malakal. Trajimos a más de 10 000 personas. La diócesis fue la primera en traer a los desplazados, y aún hoy alimenta a muchos de ellos», dijo el obispo.
La prioridad para el obispo ahora es la reconstrucción. «Cuando llegué a Malakal, dije que quería reconstruir primero la convivencia social, porque nuestra gente se dividió durante la guerra, matándose entre sí, destruyéndose a sí mismos. Fue la gente local la que destruyó el lugar. Entonces, ¿cómo se les puede traer de vuelta? Porque podemos reconstruir la ciudad, podemos reconstruir las carreteras, pero ellos pueden volver a pelear y destruirlo todo. Lo importante es la construcción de la paz. Por eso decidí que lo primero que había que hacer era abrir la radio. Es la única radio de la ciudad y ha cambiado la vida de miles de personas».
«Ahora la situación está un poco más tranquila y queremos reconstruir otras cosas, como casas para los sacerdotes, renovar algunas iglesias y escuelas, y también construir otros edificios nuevos».
Pero la reconstrucción tiene sus desafíos. El obispo Stephen explicó que Malakal es uno de los lugares más caros del mundo para la construcción. Un saco de cemento, que en Juba cuesta 15 dólares estadounidenses, cuesta 50 dólares en Malakal, debido al gasto que supone transportar el material por carretera o por barco.
Por eso, el obispo Stephen está agradecido a los benefactores que permiten a ACN apoyar proyectos en Malakal. «Sin el apoyo que ustedes brindan, las vidas de miles de personas en la Diócesis de Malakal y en diferentes partes de Sudán del Sur habrían estado en peligro», dijo a la fundación pontificia. «Dios bendecirá su generosidad. Hay miles de personas que siguen sufriendo en Sudán del Sur y en la diócesis de Malakal, y seguimos instándoles a que, por favor, se mantengan a nuestro lado, caminen con nosotros en este camino de sufrimiento».
«No nos dejen solos», concluyó. «Seguimos dependiendo de ustedes».
– Filipe d’Avillez