Mensaje del P. Anton Lässer CP – Boletín Abril 2026
Queridos amigos:
Ayer me preguntó un joven francés: “Padre, ¿qué puedo hacer para no perder la esperanza a la vista de los acontecimientos actuales en la sociedad y en muchos países?”.
Profundizando en este tema, nos percatamos rápidamente de que nuestra esperanza y la alegría cristiana deben basarse menos en los acontecimientos mundanos y más en la confianza creyente en el Reino de Dios. La verdadera esperanza solo puede surgir de la conciencia de que el sufrimiento, la necesidad e incluso la muerte —que no podemos ahuyentar ni minimizar— no tienen la última palabra, es decir, que no son permanentes.
La historia nos enseña que a través de los tiempos siempre hemos vivido enfrentados al sufrimiento, a la violencia, al dolor y también a la muerte, y que seguirá siendo así. Sin embargo, tenemos un doble motivo para la esperanza y la confianza, que radican en lo que ve el profeta Isaías y en lo que San Pedro confirma con una frase muy parecida tras la resurrección de Jesús: “Gracias a sus heridas han sido sanados” (1 Pe 2, 24).
Por un lado, esto significa que todo lo deficiente y malo encuentra su fin en el sufrimiento y la muerte de Jesús, es decir, que realmente queda “sanado” y que, por consiguiente, también nosotros podemos superarlo.
Por otro lado, el hecho de ser sanados por sus heridas remite a una manifestación específica de la esperanza cristiana: a saber, que el sufrimiento y la muerte no son indefectiblemente destructivos y carentes de sentido y valor, sino que, al igual que en el caso de Jesús, pueden convertirse en la máxima expresión del amor. Con Jesús se convierten en la amorosa inmolación de sí mismo por sus amados. El sufrimiento y la muerte se transforman ahí, en su esencia más profunda, en algo bueno y, por lo tanto, se redimen por completo.
“En el Crucificado, el sufrimiento y la muerte se transforman, en su esencia más profunda, en algo bueno y redentor”.
Esto nos llama personalmente a ofrecer al Padre Eterno nuestras experiencias de sufrimiento, es decir, nuestras ‘heridas’ e incluso nuestra propia muerte, en y con las heridas de Jesús, como expiación y para la redención del mundo, tal y como hizo Jesucristo. Así, todo nuestro sufrimiento adquirirá sentido y valor, y nuestras heridas sanarán hasta en lo más profundo del alma.
De esta fe brotan en todos los tiempos, una y otra vez, la confianza, la libertad y la fuerza, que despojan de su poder al pecado, a la muerte y al diablo, y eso nos capacita para obrar el bien haciendo así presente el amor de Dios al llevarlo a las personas.
Aquí, en Ayuda a la Iglesia que Sufre, he tenido el privilegio de conocer a muchas personas que viven de esta esperanza. Son personas que, con su ser y obrar ponen de manifiesto lo que la Carta a los Romanos expresa tan bellamente: “Nuestra esperanza no nos deja avergonzados, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 5).
En este sentido, los saludo expresándoles mis mejores deseos y envío mi bendición, Suyo,
Padre Anton Lässer CP
Asistente Eclesiástico
ACN INTERNACIONAL






