La Tierra Santa se va quedando cada vez más sin cristianos, afirma un abad benedictino

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En un discurso dirigido a los representantes de «Ayuda a la Iglesia que Sufre», el abad benedictino Nikodemus Schnabel ofreció un relato crudo y personal sobre la frágil y rápidamente menguante presencia cristiana en Tierra Santa.

La imagen de Jerusalén como corazón vibrante del cristianismo contrasta fuertemente con la realidad que viven hoy los fieles. En un impactante discurso dirigido a los directores nacionales y representantes de Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN), el abad benedictino Nikodemus Schnabel ofreció un retrato crudo de la situación de los cristianos en la región como una «minúscula» minoría, marcada por la guerra, las dificultades económicas, la incertidumbre y un éxodo constante.

«Si piensan que esto es un El Dorado del cristianismo, la realidad es otra», afirmó. «Todos los cristianos juntos representan menos del 2 %. Para nosotros, soñar con alcanzar el 5 % o el 6 % ya sería mucho. Si piensan en las regiones más secularizadas de Europa —como la República Checa o la antigua Alemania Oriental—, incluso allí los cristianos son muchas veces más numerosos que aquí», señaló.

Benedictine Abbot Nikodemus Schnabel

El abad, responsable de los monasterios vinculados a momentos pascuales clave —el Cenáculo, tradicionalmente asociado a la Última Cena y a Pentecostés, y Tabgha, a orillas del mar de Galilea, donde se cree que se apareció Cristo resucitado—, partió del misterio mismo de la Pascua para abrir una ventana a «su mundo»: el de una Iglesia local caracterizada por una riqueza extraordinaria, pero también por una fragilidad extrema.

Una Iglesia «colorida» pero casi invisible

El abad Nikodemus recordó que la realidad cristiana de Jerusalén es profundamente plural. Hay trece Iglesias históricas, seis de las cuales son católicas y siete no católicas. «Es muy, muy colorida», dijo, «con muchas Iglesias y tradiciones diferentes». Sin embargo, esta riqueza puede ser engañosa: detrás de la diversidad histórica y litúrgica se esconde una comunidad muy pequeña. La conferencia episcopal de esta pequeña región —que abarca Chipre, Israel, Palestina y Jordania— cuenta con 24 miembros, lo que refleja una complejidad eclesial única. Y, sin embargo, la presencia cristiana real sigue disminuyendo. «La paradoja es clara», explicó. «El lugar donde ocurrieron los acontecimientos más importantes de nuestra fe corre el riesgo de perder a sus cristianos autóctonos».

«Mi temor es que Tierra Santa se convierta en una especie de “Disneylandia cristiana”», advirtió. «Los lugares sagrados seguirán ahí, con monjes y sacerdotes. Pero puede que no haya familias cristianas, ni jóvenes cristianos, ni una vida cristiana cotidiana».

Cristianos palestinos, migrantes, católicos de lengua hebrea

Centrándose en la Iglesia latina, una realidad aún más reducida dentro de este mosaico, el abad describió tres grupos principales.

  • Los católicos palestinos de habla árabe, presentes en la región desde hace siglos. Dentro de este grupo se encuentran los que viven en Israel con plena ciudadanía, los residentes de Jerusalén sin derechos políticos, los cristianos de Cisjordania que se enfrentan a restricciones de movimiento y la pequeña comunidad de Gaza, a la que describió como especialmente vulnerable, que vive bajo una «doble ocupación»: la presión externa de la guerra y el bloqueo, y la opresión interna del régimen de Hamás.
  • Los católicos de habla hebrea, una comunidad pequeña pero en crecimiento, a menudo formada por familias mixtas e integrada en la sociedad israelí. «Es un fenómeno nuevo», dijo el abad Nikodemus, planteando la cuestión de qué significa ser a la vez israelí y católico.
  • Los migrantes y solicitantes de asilo, más de 100,000 católicos, según sus estimaciones, lo que los convierte, con diferencia, en el mayor de los tres grupos. Muchos proceden de Filipinas, la India o Sri Lanka, así como de África, Europa del Este y América Latina. Trabajan principalmente en el sector asistencial, la construcción y la agricultura.

«Son, en muchos sentidos, las más vulnerables», afirmó el abad Nikodemus al describir unas situaciones a las que se refirió como «una forma de esclavitud moderna».

Denunció las condiciones inhumanas a las que se enfrentan muchos trabajadores migrantes cristianos en Israel, a quienes se les confisca el pasaporte y cuya libertad para cambiar de empleador es muy limitada; sufren la separación familiar; y viven bajo un marco legal que, en la práctica, penaliza la maternidad entre algunas trabajadoras extranjeras.

«A los ojos del sistema, el acto más “criminal” puede ser decir sí a la vida», afirmó, refiriéndose a las mujeres que deciden no abortar y, como consecuencia, corren el riesgo de caer en situaciones irregulares junto con sus hijos.

Para el abad, esta es una de las heridas ocultas de la Iglesia en Tierra Santa: una Iglesia sostenida en gran parte por hombres y mujeres invisibles que cuidan, trabajan y rezan, pero que a menudo carecen de la seguridad básica.

Afectados por la guerra y el colapso del turismo

Si la dignidad es la cuestión central para los migrantes, para los cristianos locales la principal preocupación es la supervivencia económica. «Alrededor del 60 % de los cristianos de habla árabe dependen del turismo», explicó el sacerdote. «Y el último año bueno fue 2019». Desde entonces, sucesivas crisis han devastado el sector. La pandemia, seguida de conflictos e inestabilidad, ha reducido drásticamente las peregrinaciones, dejando a muchas familias sin ingresos.

«Este es el mayor desafío», dijo a los directores y representantes de ACN. «La gente se marcha porque no ve un futuro».

Cuando se le preguntó qué se puede hacer para ayudar a las familias cristianas a permanecer en Tierra Santa, Schnabel señaló dos prioridades: la vivienda y la creación de empleo. Sin un futuro concreto, advirtió, las comunidades seguirán desapareciendo. También señaló una dolorosa percepción entre muchos cristianos: que no se les considera esenciales en las narrativas nacionales israelí o palestina.

«A menudo tienen la sensación de que da igual si están allí o no», sugirió.

Su llamamiento final fue tanto espiritual como existencial: «Recen para que haya un futuro para los cristianos aquí».

Una Iglesia que se niega a tomar partido

En un contexto de creciente polarización, el abad insistió en la postura de la Iglesia local: «No estamos ni a favor de Israel ni a favor de Palestina, sino a favor del ser humano». Esta postura, explicó, refleja la realidad concreta de una Iglesia presente «en todos los bandos»: con fieles en Israel, en Cisjordania y en Gaza, así como entre las comunidades de migrantes.

Recordando los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, el abad Nikodemus habló de los cuidadores migrantes católicos que fueron asesinados tras negarse a abandonar a las personas mayores a su cargo, lo que refleja una actitud profundamente cristiana. «Se negaron a huir», dijo. «Se quedaron con aquellos que les habían sido confiados».

También recordó la misa fúnebre que siguió, en la que la oración de los fieles incluyó una petición primero por quienes sufren en Gaza y, a continuación, por la conversión de los responsables de la violencia.

«Para mí, eso fue extraordinario», dijo. «Rezar por tus enemigos: eso es lo que significa ser cristiano aquí. Ellos entendían más del Evangelio que muchos de nosotros», añadió.

Ataques contra los cristianos y denuncia del extremismo

En uno de los momentos más contundentes de su intervención, el abad también denunció la creciente hostilidad hacia los cristianos por parte de grupos judíos extremistas, incluyendo incidentes de escupitajos en las calles, vandalismo, incendios provocados, profanaciones y pintadas de odio. En su opinión, este fenómeno ya no puede considerarse marginal.

Schnabel señaló directamente a los sectores religiosos ultranacionalistas y criticó duramente la presencia en el Gobierno israelí de figuras que, según él, han legitimado o propiciado tales actitudes. Al mismo tiempo, subrayó que esto no refleja una actitud generalizada entre todos los judíos israelíes y recordó que también hay grupos judíos que defienden activamente a las comunidades cristianas y denuncian estos abusos.

Su análisis fue igualmente crítico con lo que se conoce como «sionismo cristiano», que describió como incompatible con el Evangelio cuando se utiliza para justificar la violencia, ignorar el sufrimiento de los palestinos o guardar silencio ante los ataques contra las comunidades cristianas.

Un museo sin creyentes

El testimonio del abad deja una imagen impactante: una Iglesia casi invisible en cuanto a números, pero inmensa en su importancia espiritual y social; una Iglesia que sostiene escuelas, hospitales y comunidades mucho más allá de su peso demográfico, y que se extiende más allá de las lenguas, los ritos y las fronteras.

Para Ayuda a la Iglesia que Sufre- ACN, su testimonio es un llamamiento a no acostumbrarnos a la silenciosa desaparición de los cristianos de Tierra Santa. Porque sin comunidades cristianas vivas en Jerusalén, Belén o Nazaret, los lugares santos corren el riesgo de convertirse en símbolos vacíos: un patrimonio sin testigos.

Y porque, como recordaba el propio abad: «No hay Anunciación sin Nazaret, ni Navidad sin Belén, ni Pascua sin Jerusalén».

– Maria Lozano