Nigeria: «La Semana Santa para nosotros no es historia. Es realidad».

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El obispo de Wukari cuenta a ACN el sufrimiento de su pueblo y afirma que el Gobierno federal de Nigeria debe hacer más para poner fin a la violencia.

La diócesis de Wukari, en el estado de Taraba, situada en el «Cinturón Medio» de Nigeria, está atravesando una grave crisis de seguridad provocada por grupos armados compuestos en su mayoría por miembros de la etnia fulani.

«En las últimas semanas, más de siete presbiterios y residencias de sacerdotes han sido atacados y saqueados, una cifra que supera con creces los dos ataques registrados anteriormente, lo que pone de manifiesto una preocupante escalada de violencia», explica el obispo Mark Nzukwein, de la diócesis de Wukari, en una entrevista con Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN).

«No ha habido heridos, ya que las casas parroquiales y las zonas circundantes habían sido evacuadas previamente debido a las amenazas que habían recibido», añade el obispo.

Santa María Atav, en la diócesis de Wukari, Nigeria

Según el prelado, estos ataques parecen estar relacionados con las manifestaciones pacíficas celebradas el 12 de febrero por sacerdotes, religiosos y fieles laicos de la diócesis, tras el asesinato de 80 fieles y los ataques contra más de 200 comunidades en las semanas anteriores, incluidas iglesias y lugares de culto.

«La manifestación fue una muestra de solidaridad y una protesta contra la falta de seguridad. Nuestra diócesis está asediada por la violencia de las milicias de la etnia fulani que atacan a la población, lo que está provocando una gran tragedia en toda Taraba», explica el obispo.

La situación actual en la diócesis sigue siendo extremadamente alarmante, lo que genera miedo y ansiedad entre la población local. «Las fuerzas de seguridad locales están haciendo lo que pueden, pero el número de bandidos es enorme. Sabemos que se están reagrupando, por lo que hemos advertido a la población de nuevos ataques. El ejército está desbordado. Los asaltantes armados fulani son mucho más numerosos», declaró a ACN.

El obispo denuncia también la falta de justicia: «No sabemos quiénes son, de dónde vienen ni quién los patrocina, pero el Gobierno federal debe actuar. No hay detenciones, ni rendición de cuentas. La impunidad es desalentadora».

El obispo Nzukwein describe el miedo constante y debilitante que afecta a la población: «Están jugando con la vida de las personas. No se está a salvo en ningún sitio. No sabes qué va a pasar al momento siguiente. Lo único que puede protegerte es la oración. Es una gran tragedia que no nos sintamos seguros en nuestro propio país».

«Mi pueblo está viviendo un éxodo»

La violencia ha provocado una huida masiva, con más de 90 000 fieles desplazados. «Mi pueblo está viviendo un éxodo. Los veo constantemente desplazándose con sus pertenencias de un lugar a otro», se lamenta el obispo.

Muchas personas desplazadas se niegan a ir a los campos de refugiados, por miedo a ser olvidadas o a convertirse en blancos fáciles. «No quieren ir a los campos porque allí se les olvida, como si estuvieran aparcados y abandonados. Con la llegada de la temporada de lluvias, las condiciones empeorarán aún más. También temen ser atacados en los campos porque allí son un blanco más fácil y numeroso. Muchos prefieren quedarse con familiares», explica.

La crisis humanitaria se agrava debido a la escasez de alimentos y a la interrupción de la educación. «El futuro de los jóvenes se está destruyendo, y esto alimenta un círculo vicioso, porque miles de jóvenes sin educación pueden ser fácilmente reclutados para actividades delictivas. Pero ¿a quién le importan estas vidas? ¿A quién le importará si mueren?», pregunta el obispo.

«La Semana Santa se encarna en mi pueblo»

A pesar del sufrimiento, el obispo Nzukwein encuentra esperanza en la fe de su pueblo: «Cuando los veo rezar, cuando celebro la misa con ellos, me lleno de esperanza. Pero llevamos una carga muy pesada. Nuestro pueblo está viviendo un calvario».

La fe sigue siendo el único apoyo de la comunidad. «Con la ayuda de Dios, seguimos llevando nuestra cruz. Formamos parte del martirio del siglo XXI. Estamos dispuestos a tomar la cruz si eso es lo que Dios quiere».

La catedral se incendió

Como si la violencia no fuera suficiente, la diócesis perdió recientemente su catedral, que quedó destruida por un incendio provocado por una sobrecarga eléctrica el 4 de marzo de 2026. Aunque se intentó apagar el fuego, el edificio quedó reducido a cenizas.

«Humanamente hablando, parece que nos lo están quitando todo», dice el obispo. Sin embargo, destaca la solidaridad de su pueblo: «Incluso los más pobres vienen a mí y me dicen: “Te daré lo poco que tengo”. Amigos protestantes y musulmanes también están ofreciendo ayuda. La fe no está en las piedras; está en las personas».

Reflexionando sobre este tiempo litúrgico, el obispo Nzukwein añade: «La Semana Santa para nosotros no es un acontecimiento histórico; es la vida misma. Se encarna en mi pueblo. Estamos siendo puestos a prueba, y es un privilegio. Vemos cómo el mundo se fragmenta, y uno de esos lugares es mi diócesis».

El obispo también compartió una imagen impactante que simboliza el sufrimiento de su comunidad: «Un sacerdote colocó una cruz en una de las casas parroquiales abandonadas como símbolo de nuestro sufrimiento. Pero esa casa parroquial también fue vandalizada, e incluso intentaron quemar la cruz».

Ayuda a la Iglesia que Sufre apo«En las últimas semanas, más de siete presbiterios y residencias de sacerdotes han sido atacados y saqueados, una cifra que supera con creces los dos ataques registrados anteriormente, lo que pone de manifiesto una preocupante escalada de violencia»ya a la diócesis de Wukari con asistencia pastoral y de emergencia para acompañar a la Iglesia local en medio de esta grave crisis.

— Maria Lozano